Como una hoja reseca que se deja llevar por el viento, pero que, cuando este desaparece, se pega a la suela del zapato de una niña para parasitar su movimiento, así se podría definir al personaje de Marlon Brando en “El último tango en París”, cinta con la que Bernardo Bertolucci obtuvo su primera nominación al Oscar a Mejor director, en 1972.

Sinopsis de El Último Tango en París

Tras el suicidio de su mujer, Paul (Brando) vaga por París renqueante y sin rumbo. Durante una visita a un piso en alquiler conoce a Jeanne (Maria Schneider), una joven con la que mantiene un tórrido y espontáneo encuentro sexual. Ambos acuerdan seguir viéndose en ese mismo lugar, pero sin decirse sus respectivos nombres ni ningún dato personal, manteniendo, de tal forma, una relación casi exclusivamente carnal. Así, mientras esperan ansiosos su siguiente encuentro, él intenta entender el porqué de la muerte de su esposa y ella protagoniza una película que dirige su novio Tom (Jean-Pierre Leaud). Todo teñido con los colores del tedio y la soledad.

Fuentes para la película

Gabriel Ferrater, poeta adscrito a la Generación del 50, reunió toda su poesía bajo el título “Mujeres y días”. En dicho libro se encuentra el poema “Habitación de otoño”, en el que se puede leer los siguientes versos: “Qué lento el mundo, qué lento el mundo, qué lenta / la pena por las horas que se van / aprisa. Dime, ¿te acordarás / de esta habitación?” En la pieza, el poeta presenta la pasión que dos amantes viven en una habitación como la única forma de exorcizar el pasado o, al menos, como última forma de paliar el dolor proveniente de las viejas fotografías que antes fueron felices y ahora se tornan oscuras.

El vacío físico y existencial

Y eso es lo que hace Bertolucci en su cinta. El piso vacío en el que se citan los protagonistas es la metáfora perfecta de precisamente eso, el vacío. La película se revela como la radiografía más diáfana de algo tan frágil como la nada que surge tras la pérdida. Su carácter hermético la convierte en una presencia inasible que implosiona en el más ahogado de los silencios y cuyas repercusiones sólo se pueden apreciar levemente en el rostro de un Brando destrozado que dice más cuanto más calla y que no tiene ninguna atadura que le impida desvanecerse completamente, pero que termina descubriendo en la carne el leve paliativo que le permite seguir autoflagelándose al intentar encontrarle respuesta a una pregunta en verdad irresoluble.

El refugio de sus personajes

Por otro lado, y con menos importancia, el personaje de Schneider, que encuentra en los brazos de su amante, en el polvo amontonado de la estancia, un calor capaz de retrotraerla a un pasado tan idílico como, de nuevo, perdido. La aceptación de su madurez, de su entrada por la puerta grande en el mundo de los adultos, estará íntimamente ligada a su relación con Paul.

La cinta es, en última instancia, un manifiesto a favor de la carne como refugio contra una realidad hostil que se termina negando a sí mismo por sus nulas capacidades curativas, por su feroz carácter autodestructivo. Para madurar, decía Freud, hay que matar al padre, y eso es precisamente lo que hace el personaje de Schneider.

Variedad de estilos artísticos y visuales

La cámara despliega un abanico de estilos completamente heterogéneos con los que pretende captar todas y cada una de las aristas de unos personajes en verdad poliédricos. La cinta pasa del barroco al intimismo, del distanciamiento a la violación, de la frialdad a la sensualidad, todo, eso sí, sobrevolado por el silencio de unas palabras mudas cuya existencia, lejos de llenar el vacío, lo confirman.

Desenlace

Terminaba su poema Ferrater de la siguiente forma: “soñolientas / las hojas de mis besos van cubriendo / los escondites de tu cuerpo, y mientras tú ya olvidas / las hojas altas del estío, los días / abiertos y sin besos, en el fondo / recuerda el cuerpo: aún / mitad es de sol tu piel, mitad de luna”. Y con el final de esos besos, con la confirmación de que toda la piel es de luna, termina la historia, triste, de esa hoja reseca que se pega a la suela del zapato de una niña para seguir viviendo, para parasitar su movimiento, para no pudrirse en el suelo lenta y silenciosamente.

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